Los Habitantes de León
Costumbres, Leyendas y Canciones.
El Costumbrismo.
La tierra leonesa, como pueblo ya ancestral, de los más antiguos de España, ha vivido a lo largo de la Historia en la mezcolanza de multitud de gentes que pasaron por su suelo, han dejado la impronta de su carácter y sus costumbres recogidas en tradiciones que se siguen manteniendo vivas al calor popular.
También la leyenda forma parte del patrimonio cultural del pueblo, y se transmite de generación en generación, hoy ya con atenuado rictus de curiosidad y sonrisa, pero que agrada su evocación y proporciona un encanto al tipismo. Entre las costumbres que más destacan en la idiosincrasia de las comarcas enumeraremos varias.
Las hogueras de San Juan
Como una derivación del culto primitivo al dios del fuego, permanece esta costumbre adosada a la festividad de San Juan Bautista, el 24 de junio.
Los mozos encienden la hoguera al anochecer, con la asistencia de todo el pueblo. Los más osados saltan el fuego, aunque alguna vez han de revolcarse entre las brasas. Para aquel día se guardan los dientes de leche, caídos durante el año, y se echan al fuego pidiéndole un hermoso diente nuevo.
Los mozos siguen sus cantares y rondas toda la noche, y a la mañana siguiente aparecen las ventanas de las mozas adornadas con un ramo.
El día de la borrega
Al arrendar los puertos de la montaña a los merineros extremeños, se pacta a condición de que entreguen una borrega joven al pueblo. Luego la guisan y banquetean en gran armonía.
La paja a los novios
Si se llega a descubrir el acontecimiento de leer pregones de boda ya los mozos, la noche anterior, riegan de paja un sendero desde casa de la novia a la iglesia.
La cobranza del piso.
El mozo forastero que viene a rondar ha de pagar un cántaro de vino a los mozos del lugar de la novia, y ellos en correspondencia ayudan a que sea sonada la fiesta nupcial.
El arroz en las bodas.
Para desear feliz y abundante descendencia se siembra el arroz a voleo en la puerta de la iglesia, lanzándolo, además, sobre la cabeza de la novia una vez finalizada la ceremonia.
La cencerrada a los viudos.
Cuando uno de los contrayentes es viudo se les acompaña dándoles una cencerrada, que a veces proporciona disgustos. También se da la cencerrada cuando el mozo forastero se negó a pagar el piso.
La jota.
Es el baile típico con todas sus variantes; baile alegre, de origen árabe. Como originalidad leonesa tenemos los titos de Corbillos y Boñar.
El hilandero
Concentración de familias en una casa por las noches de invierno; las mujeres a tejer y los hombres a untar las cornales y sobeos, tallar madera, garlopar cambas para los arados y armantes del carro u otros menesteres de la industria agrícola. Los mozos y las mozas, a hurtadillas, a requebrarse; de allí salían a veces los noviazgos. Había rezo de oración y recitado de romances y leyendas.
La ronda
Cántico de mozos por la noche, correspondido en ocasiones por las mozas que salían a la ventana para mantener la plática amorosa. En estas rondas moceriles se hacía algún exceso, robando los quesos que se secaban en las ventanas, o las botijas de la nata.
Los aguinaldos
Mozos y chiquillería recibían el aguinaldo de manos del señor cura en el día de Reyes. Cuando el sacerdote impartía su ministerio en más de un pueblo, iban los mozos al otro pueblo para acompañarle.
La lucha
Deporte leonés varonil, de maña y fuerza. Trabada la pareja de mozos por el cinto cada uno empleaba todas las artimañas para derrumbar al oponente. Ya se practicó en tiempos de cántabros y astures.
Primeramente se utilizó el abrazo, luego el cogerse por el calzón de estameña y, recientemente, se utiliza el tomarse por el cinto, petrina o cincho. El jurado solía ser un conjunto de ancianos entendidos. Se formaba el corro y el pregonero anunciaba: "¿Hay quién luche?". No se clasificaban en pesos, como ahora, sino que había dos categorías de premios: al que más luchadores tiraba y al último vencedor, que quedaba de gallo en el corro.
El premio solía ser medio mazapán para uno; y otro medio para el campeón vencedor de número. Es un deporte noble y cautivador, que casi siempre se estimulaba en la modalidad de solteros contra casados, o montaña contra ribera.
Recientemente ha publicado un volumen sobre la lucha leonesa el insigne don Olegario Rodríguez Cascos, que trata de la lucha y los bolos; gran investigador del costumbrismo de la tierra y con gran proyección inquisitiva sobre la zona de Riaño, en todos sus aspectos geográficos, económicos, históricos y legendarios.
Los bolos
Tomando notas del mentado autor Sr. Cascos, podemos afirmar que este deporte leonés es de reminiscencia guerrera, de táctica militar en que hay que copar el miche con las bolas cachas, semiesféricas.
Ya jugó a los bolos la Dama de Arintero, en La Cándana, cuando la apresaron y ajusticiaron las tropas de la Reina Católica.
La carrera de caballos
Costumbre de Llamas de la Ribera y también por las riberas del Esla, en que se disputan a la carrera un gallo o conejo. Deporte un tanto arriesgado y fuerte.
Los concejos
Verdaderas asambleas populares, ya de origen medieval, donde se discuten públicamente los asuntos comunes, pastos y rastrojeras, facenderas o trabajos de todos, derramas, y dan cuenta a todo el pueblo de asuntos de la comunidad.
Sorteo de mozos.
A los que entraban en quintas para "servir al rey" les convidaba el Ayuntamiento, y era un día de alegría de la juventud.
Carrera de roscas.
Una costumbre típica en las fiestas de las aldeas donde los mozos corrían la rosca, que habían confeccionado las mozas.
Las sopas de ajo.
Participación popular del pueblo leonés en los Sanjuanes, donde por las noches el Corregimiento de la ciudad invita a comer las sopas de ajo. En 1978 asistieron a este convite SS. MM. Los Reyes Don Juan Carlos I y Doña Sofía.
Itinerario lírico.
Por las fiestas de San Juan se recorre en una noche la ciudad en su parte vieja, concentrándose el pueblo en lugares determinados cada año, para escuchar a literatos y poetas un canto lírico al lugar histórico. Se entona el Himno a León.
El tiro de barra.
Deporte popular, donde los hombres demostraban fortaleza al tirar la barra a mayor distancia.
La caza del lobo.
Se reúnen los vecinos del valle de Valdeón para acosar al lobo y dirigirle al chorco, donde cae y se le atrapa. Luego se le juzga, condenado siempre a muerte, más o menos cruenta según sus fechorías durante el año. Intervienen acusador y defensor.
Las rogativas.
Procesiones religiosas para impetrar el beneficio de la lluvia. Son famosas las de la Virgen de Castrotierra, en la Valduerna. También había procesiones para la bendición de los campos. La Adoración Nocturna de San Isidoro, celebra todas las primaveras "la fiesta de las espigas", cada año en una aldea leonesa.
El pinar el mayo.
Cuando se celebraba el cantamisas de un sacerdote hijo del pueblo, los mozos colocaban en la plaza el árbol más alto de sus pagos. A su extremo se ataba un gallo, y había disputas deportivas para ver quien resultaba vencedor y recogía el trofeo.
A veces descortezaban el tronco y lo untaban con sebo, para hacer más difícil la ascensión a su mota.
La Vigilia de la Luz.
En San Isidoro, el Sábado Santo, en que el abad y Cabildo Isidoriano felicitan al pueblo asistente y convidan en las galerías del claustro a pastas y a vino dulce.
Se dice que en el vino que los canónigos beben el Jueves Santo, mezcla el abad un litro de vino de una barrica de roble, que conservan con solera desde la época de Santo Martino, siglo XII; y cada año sacan un litro y reponen dos, para contrarrestar la evaporación que chupa la madera de ya ochocientos años. Nos relataba el abad, que algún canónigo de otras épocas, como consecuencia de ese vino maravilloso, oía cantar al amanecer el gallo dorado de la torre. Solamente el abad y el administrador conocen el lugar donde se guarda la barrica y por ello se ha librado de ser despanzurrada en alguna algarabía.
El foro u oferta.
El domingo después de Pascua se celebra en el claustro de la Colegiata de San Isidoro, una representación del Corregimiento de la ciudad ante el Cabildo Isidoriano. Traen un cirio y dos hachas de cera, de una arroba bien cumplida.
El Corregimiento lo entrega como oferta, el Cabildo lo recibe como foro. Se lanzan ditirambos graciosos entre el regocijo del pueblo.
También se le denomina Las cabezadas, por las reverencias de inclinación exhaustiva que se hacen Corregimiento y Cabildo, al saludo y a la despedida. Tienen mucho sabor popular.
La motivación procede de una tradición que cuenta cómo San Isidoro favoreció a la ciudad en un momento de sequía, y que sacaron la imagen en procesión hasta San Isidro del Monte, que era una ermita, hoy ya desaparecida, existente en Trobajo del Camino; en el camino viejo que sube a la Virgen del Camino; y que hubieron de volver la imagen a hombros de niños, porque San Isidro no permitió que fueran hombres los que portaran la imagen al regreso.
Esta costumbre tradicional se celebró en un principio allá en aquella ermita, foro u oferta. La leyenda está recogida por el padre AIbano en su libro sobre Leyendas Leonesas, que él la sitúa en el Monte de San Isidro; aunque se cree que la ermita existió cerca del nuevo cementerio de Trobajo, donde aún quedan el camino y los restos de un crucero al subir la cuesta del Mirador de la Cruz.
Las cantaderas.
Se celebra en el pórtico de la Catedral ante Nuestra Señora la Blanca, o en el claustro, ante la Virgen del Foro. El Corregimiento ofrece a Santa María de Regla las primicias de los frutos de la tierra leonesa: trigo, pan, vino, un cuarto de toro, dinero. Lo lleva un boyero ataviado de blusón, con su carro y roscas en la cornamenta bueyes, con esquilones.
Tiene su origen en la leyenda de los Reyes Holgazanes, Mauregato, Silo, Aurelio, cuando se cree impusieron los musulmanes a los reyes astur-leoneses el tributo de las cien doncellas.
Quizá porque los moros entraron en España sin mujeres, se trató con los reyes de que les facilitaran las mujeres que voluntariamente quisieran tomar esposos musulmanes.
La leyenda dice que fue un tributo forzoso, en época de debilidad de la monarquía asturleonesa, donde había que entregar al harén de los califas anualmente cien doncellas.
En un momento determinado de la entrega una doncella se desviste "porque salgo de tierra de mujeres y entro en tierra de hombres", y avergonzados los cristianos no entregan su preciosa mercancía y combaten por el honor de sus damas, liberándose del tributo.
La sotadera, que danza con atuendo moro, era la dama que enviaban aquí los califas un año antes, para que adiestrara a las doncellas sobre las costumbres de la morisma y el cometido de las odaliscas.
El Corregimiento agradecido, en nombre de la ciudad, hace entrega de su oferta a Santa María. El Cabildo Catedralicio lo recibe como foro. Y así cada año. La fiesta se celebra por los Sanjuanes, otras veces el 15 de agosto, o en San Froilán. En todas estas fechas se ha celebrado ya.
Las doncellas danzan acompañadas de dulzaina y tamboril desde la Casa de la Poridad hasta la Catedral. Los discursos de foro u oferta son muy enjundiosos.
El Corpus en Laguna de Negrillos.
La fiesta del Corpus se celebra anualmente en Laguna de Negrillos, con un inusitado esplendor.
Los tipos característicos se atavían con trajes estrafalarios, observando todo un ritual. Los danzantes visten faldumento cuajado de colores, y faldas, y blusas blancas llenas de puntillas y encajes. La danza es buena, sudorosa en fechas de calor que se acentúa en el páramo leonés con un sol luminoso.
La figura central es el Sebastián, el personaje malo que sale en busca de Cristo, pero que a lo largo de la danza por las calles de la villa, va reflexionando hasta cambiar su actitud y dejarse influir por la bondad del Maestro. El baile del Sebastián es cansadísimo, sus zapatos del cuarenta y cuatro, sus pasos hieráticos y rituales son todo un poema que extasía y admira.
Acompañan las figuras de los apóstoles con su simbolismo, las imágenes en gran profusión, y la procesión entre divertida y devota.
También los birrias o satanases que ponen orden entre la gente que se agolpa y dan a diestro y siniestro los zurriagazos que abren camino. La procesión es larguísima, de una iglesia a otra, con la misa cantada por las mozas del pueblo.
Todo ello es una reminiscencia de simbolismo ancestral, entre bélico y religioso, la lucha entre el bien y el mal, y a los sones de la dulzaina y el redoble del tambor.
Hoy es celebrada la fiesta litúrgico-costumbrista con la asistencia de un masivo turismo in crescendo anualmente. En la sacristía reponen fuerzas con pastas y vino dulce, y admiten generosos a algún admirador que a ellos se acerca.
La Leyenda Popular
La tierra leonesa está cargada de leyendas y mitos. Casi en todos los pueblos existe la leyenda del cuélebre, del tesoro escondido, de la fuente encantada.
Los lagos naturales leoneses tienen todos su poética leyenda.
Las ánimas.
Leyendas terroríficas que infundían pavor. Una procesión invisible de las ánimas en pena, que empujaban a las gentes por la noche, cuando regaban los prados e interceptaban su itinerario.
Para aplacar los enfados de las ánimas en penitencia había a la entrada de muchos pueblos una hornacina, que recogía las limosnas para las ánimas, hasta ir juntando estipendios para misas.
Los duendes.
Diablillos juguetones populares que llenaban de fechorías la vida de los pueblos. Les robaban las patatas del patatero, la hierba del pesebre de las vacas, ataban los jatos en la cuadra de dos en dos, y con una sola cadena o collar.
El nubarrón.
Los nubarrones que tomaban antipatía a algún pueblo, apedreaban sus cosechas o introducían la niebla en las fincas para diezmar los frutos.
Se combatía al nubarrón con exorcismos y el toque de campanas, sobre todo siempre había una campana que tenía una especial virtud de vencer al nubarrón, como la de San Cristóbal de la Polantera.
Las leyendas de los lagos.
Ya indicamos que los lagos leoneses se salpican de leyendas cuajadas de amor y poesía.
Por ejemplo el lago de Carucedo, en El Bierzo, que es un lago artificial formado por el agua traída en canales, siete del Teleno a lo largo de cuarenta kilómetros, y dos del Oza y el Silencio traídos de la Tebaida leonesa. Todos ellos construidos a base de pico y pala, sobre rocas de pizarra por los esclavos que mantuvieron los romanos para explotar las minas auríferas de Las Médulas. El agua de la arrugia o lavado de las arenas de oro, fue arrastrando el lodo y sedimentando las morrenas, que taparon el valle y formaron el lago de Carucedo.
La leyenda indica que se formó por las lágrimas vertidas en abundancia por la ninfa Carissia, amante del general romano Tito Carissio, el conquistador del Castrum Bérgidum que dio origen a El Bierzo, y de la ciudad de Lancia, junto al campamento de la Legión VII, originaria de la ciudad de León.
La ninfa Carissia fue burlada por el romano y luego despreciada, y su llanto formó el lago. Aún se cuenta que todos los años en la noche de San Juan, sale en busca de requiebro de amores, y no la encuentran porque el lago es muy grande, tiene cuatro kilómetros de perímetro, pero hay veces que se ha olvidado en la orilla el peine de cuerno.
El lago de Carucedo fue la reserva piscícola de los monjes cistercienses de Carracedo. En él hay muchas anguilas. La leyenda de los lagos de Torrestío, en plena cordillera cántabra, cerca del puerto de la Mesa donde Pelayo volvió a derrotar a los muslimes en la batalla de Lutos. Aquel terreno es auténticamente vaqueiro, de los vaqueiros astur-leoneses. Tanto que el pueblo vaqueiro como fue tan marginado a lo largo de la historia (se sublevó en tiempos del rey Aurelio, 762 al 774) se fue a las brañas con sus costumbres tan exóticas.
Pues a las aguas de uno de estos lagos, al lago Covalancho, fue arrojada una hermosa vaqueira de la que se enamoró un astur de raza pura, un xaldo. Y todos los años en la noche de San Juan flota sobre las aguas la ajorca de perlas de la vaqueira y las ninfas del lago cantan unos tristes arrullos.
La leyenda de los lagos de Isoba y el Ausente, cerca del puerto de San Isidro. En el primero se mantiene viva la leyenda del peregrino que no quisieron socorrer y lanzó una maldición sobre el pueblo, formándose el lago e inundando la aldea. "Húndase Isoba menos la casa del cura y la de la pecadora", que fueron las que emergieron de las aguas.
La labradora que venía con su carro de vacas, se sepultó en el lago, y su mano estirada arañando la tierra, dio origen a la fuente de cinco manantiales que sale al otro lado de la sierra.
Más arriba, en el Ausente, se oyen los lamentos de la moza en las noches de luna llena. En estos lagos abrevan los corzos, y en el Isoba hay truchas y pollas de agua que viven entre las juncias.
Las Janas del Robledal
Por los valles de Navatejera cantan las janas en las noches de verano, cuando la luna ilumina los robledales. Ya desde la época romana se dio culto a estas janas o ninfas de las fuentes, porque en el Museo Provincial de San Marcos hay un ara que el Legado Augustal de la Legión VII, Terencio, consagró a finales del siglo II a las Ninfas de las fuentes Aevcni, que quiere, decir las Fuentes del Robledal, que eran las fuentes que surtían de agua al campamento de la Legión VII.
El dragón de la Gotera
En las Hoces de la Gotera, junto a la peña del Tueiro por donde discurre el Bernesga, existió la leyenda del dragón, que en tierra leonesa se llama cuélebre, y cuando le faltaba comida asentaba la barriga en el río, interceptaba la corriente e inundaba las tierras.
Había que aplacarlo dándole a comer una vaca. Cuando le tocó el turno a un vecino de Villasimpliz que no tenía vacas había de entregar a su hija, muy hermosa.
La moza se encomendó a San Llaurente, que guerreaba en Tánger; vino el santo y fabricó una torta con unto de carro, tierra carbonosa de sus pagos y cobre de la mina romana de La Profunda, entre Cármenes y ViIlamanín, se la dio al cuélebre y se indigestó, reventando su estómago. Entonces le fue fácil acabar con él.
En honor de San Vicente se levantó la ermita en lo alto de la peña de San Lorenzo con fiesta religiosa que celebran todos los años el diez de agosto. El armazón de la vieja ermita dicen que se levantó con los huesos del cuélebre. Y hoy, se mantiene la leyenda en el sentido de que aún se sigue obrando el milagro de que todas las mozas asistentes a la liturgia del día, y que bebían las aguas de fresca fuente cerca de la ermita, y lo hacían por la petaca del cura celebrante, se casarán durante el año. La leyenda tiene muchas variantes.
El extremadero de Castrohinojo.
En el pueblecito de Castrohinojo, en La Cabrera Baja, subiendo la empinada carretera desde Ambasaguas, hay un morrillo en medio de la aldea, y en su redor celebraban los concejos y el recuento del ganado. Pues allí, dice la leyenda, que las mujeres frotaban la barriga para ser fecundas.
El topo de la Catedral.
Leyenda sobre un topo colosal que destruía los cimientos cuando construyeron la Catedral. No hay tal topo, es una barquilla de cuero, un ex-voto, que se halla colocada sobre el interior de uno de los portones orientales, y que el pueblo fue atribuyéndole la imagen de una piel de topo disecada, por acomodar la explicación, de las interrupciones de la construcción de la fábrica a los espíritus malignos encarnados en aves nocturnas, animales nocherniegos, siempre portadores de los exorcismos populares.
Y no es extraño que hubiera topos entre las obras cimentadas de esta gótica maravilla, asentada sobre otra anterior románica, que a su vez lo estaba sobre la iglesia de Santa María, la de Ordoño II, que para ello cedió su palacio, aquel palacio anchuroso que provenía ya de las termas romanas de la Legión VII.
Y no es extraño, decimos, que hubiera topos porque a muy pocos pasos se hallaban las Sernas y los Egidos, prados y tierras de San Pedro de los Huertos y San Salvador del Nido, que eran todos lugares de trabajo de los labradores que sembraban el lino y el trigo; bien regados por la presa de abundante agua que movía los molinos de los monjes, y que de trecho en trecho se retenía por medio de bedules o medules para el riego.
El bandolero de los Argüellos.
Por época de arrieros montañeses que llevaban la carne salada a vender en Tierra de Campos, la Castilla y la Extremadura, los bandoleros les despojaban de su carne y sus dineros.
Un bandolero de esta zona de los Argüellos actuaba por la sierra del Guadarrama y protegía a los arrieros argollanos de estas expoliaciones. Se conserva la tradición de que este bandolero procedía de Getino, y allí permanecen aún las ruinas de su casa.
Los duendes de Tolibia.
En la zona de Valdelugueros sufrió mucho pánico el pueblo de Tolibia por lo que la gente creía reputar a los duendes, que cometían grandes fechorías entre sus ganados.
Vacas muertas en los establos, terneros atados de dos en dos con la misma cadena hasta ahogarse, desaparición de matanzas y chorizos en varias casas, y otras acciones de muy variada índole. Con el tiempo fue descubierta la superchería.
Los tesoros de la época de la morisma.
Casi todos los pueblos mantienen esta creencia del tesoro. Desde aquel en que apareció bajo una piedra hasta aquel otro que refiere que en la piedra se esculpía la inscripción "dadme la vuelta y veréis lo que debajo hallaréis», y al darle la vuelta se halló "gracias a Dios y alabado que ya estoy del otro lado", como tomadura de pelo de una a otra generación.
El tesoro que había en las Hoces de Vega-Cervera, descubierto a la apertura de la actual carretera por un gallego; el de Vegaquemada en la Cueva de los Moros; de todos hay su leyenda.
En Gete, municipio de Cármenes, cuentan que existe y aún no se ha encontrado, pese a que dan detalles de su localización, en el lugar que dice: "Sierras Bermejas, prado del Carnero, que está en dos ollas de barro una con oro y la otra con veneno; por la rendija de la Fedóndiga le entra el aire a la moneda."
También se comenta que en Getino, aldea inmediata a Gete, entre los cuales se desliza el truchero río Torío, hay otro tesoro escondido en una cueva bajo las raíces de un haya, y por el lugar que llaman "Sierra Larga". Pero que también lo guarda un cuélebre escondido entre la hojarasca. Sin temor, que allí no hay cuélebre, que la cueva es pequeñita, no más de cuatro metros, seca y sin peligro alguno; pero hace falta cavar la tierra para dar con el tesoro medieval.
Las fuentes encantadas.
Por cada pueblo se dispone de una fuente encantada, con la leyenda de la ninfa, la xana o la Jana.
La Fuente de la Vallina, en Gete, tiene su encantamiento de la ninfa o la jana que sale la noche de San Juan a peinarse sus rubios cabellos, y se entregará en abrazo al galán que allí la desencante a las doce de la noche. Sabemos de algún mozo de los recios montañeses que se pasó allí la noche, y se durmió porque se hallaba cansado de tanto segar hierba y no vio a la dama, aunque sí encontró el peine de asta de castrón.
La fuente de Santiago, en Villafranca del Bierzo, que data ya de la Edad Media. El que bebe sus aguas rejuvenece. Y es auténticamente cierto, porque beber en esta fuente y pasar un día en Villafranca, pernoctar en sus fondas y oír al amanecer el toque de campanas, traen al turista una placidez y un encanto de optimismo como no se disfruta en ningún otro lugar.
La ermita de San José, en Rabanal del Camino.
Su leyenda recoge la del peregrino que entregó en la posada del pueblo su bolsa con doblones de oro por miedo a los bandoleros del monte Irago, en Foncebadón, donde está la Cruz de Ferro del peregrinaje, esperando recogerla a la vuelta de Compostela.
Los facinerosos acabaron con él y con los compañeros, y el pueblo empleó los dineros en levantar esta ermita con el nombre de José, porque así se llamaba el peregrino.
Las leyendas de Gordón.
Por la zona de Gordón, en la montaña del Bernesga, circulan innumerables leyendas de oro y amores.
La del tesoro legendario.
En Barrios de Gordón, un pavo de oro macizo con sus áureos polluelos.
La mora cautiva.
En la peña del castillo. En los covachones de los Barrios llora de amores la bella odalisca que arrojaron a la cueva, flotando el collar y las ajorcas, sus perlas y su oro; y sale en la noche de San Juan una perla cada año por la fuente de la Rebanguilla.
La cueva del molino y el molín de la cueva.
Allí en la cuesta de la Cardosa, en una vuelta del camino, hay una cueva que tiene dentro un molino encantado, y encantada también la molinera.
Por las noches de crudo invierno, cuando los mozos iban a cazar con trampas las raposas, en las noches de luna llena oían la tarabica del molín encantado y suspirar de amores a la bella molinera.
La leyenda del Porma y el Curueño.
Pedro Vecilla Castellanos en su libro "El León de España", escrito en 1586 con 29 cantos, impreso en Salamanca y dedicado al rey Felipe II, que echaron al fuego el ama y la sobrina de Don Quijote, canta la leyenda que se hallaba en boga por tiempos del rey leonés Ramiro II. Se conserva en la biblioteca ovetense.
Curieno rapta a la bella Polma el mismo día que contraía nupcias con Canioseco. Luego hacen las paces, y ayudados por el héroe Getacino y otros valientes emprenden la lucha contra los romanos.
El nombre de estos héroes ha quedado en los toponímicos de ríos y pueblos de la zona, como Curueño, Porma, Canseco, Getino, y otros.
La leyenda de la Griega.
"Quiera Dios o no quiera no molerá el molín hasta que lo quiera la Griega." Así canta la leyenda de que la Griega tapaba con su mandil la recogida de aguas en la presa de Santiago de las Villas y el canal se quedaba sin agua. Hasta que la Griega se hizo creyente y marcó con sus madreñas por donde tenían que tirar el canal. Y así se hizo, con pozos o respiraderos, que llaman los pozos de Colinas, de una legendaria batalla de Camposagrado, que eran respiraderos del canal que traía el agua para lavar las arenas auríferas de Villarroquel.
La situación del canal ha sido estudiada científicamente. Traía un desnivel del tres por mil, lo ideal para un canal de lavado aurífero, en que el agua se deslizaba por su propio peso.
La leyenda de los Picos de Europa.
Fray Francisco de la Sota, monje de Santo Toribio de Liébana, en Potes, cuenta la leyenda que corría por aquellas tierras cántabro-astures, de cómo la bella Europa, hija del rey fenicio Agenor, es raptada por el príncipe Astur y traída a estas ingentes montañas para desposarla. Así recibieron luego el nombre de Picos de Europa. En el dintel de una puerta del claustro de San Zoilo, en Carrión de los Condes, se halla un relieve de Europa como una bellísima sibila femenina.
La leyenda de Luna.
En el castillo de Luna, arca de los tesoros del Reino, encerró Alfonso II el Casto al conde de Saldaña, padre de Bernardo del Carpio, habido con Jimena, la hermana del rey, en amores no sabidos por el monarca.
"Morirme habré, la mi niña,
si a Don Sancho no abrazara,
ese que tiene por nombre
Conde Sancho de Saldaña,
padre honrado de Bernaldo
el fijo de la mi entraña"...
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Y la zagala le ofrece a la princesa hospitalidad en su choza, según canta don Florentino Agustín:
«Quedarnos acá en los fuegos,
reposad en las mis lanas,
caluestros habré de darvos
de la novilla Gallarda
con tortas de pan candial
y una grande freisolada,
y si a vos se vos antoja
leite fría y ennatada
y para la fin las migas
con manteiga esmigajadas"...
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Aún recuerdan las gentes mayores los vestigios que se conservaban antes de construirse la presa del embalse, el camino bien trazado, las torres, el aljibe, la mazmorra, el puente romano al fondo del río, y que todo se demolió en aras del progreso.
Y de aquí, de este castillo, nació uno de nuestros cantares de Gesta, primeros esbozos de la literatura; el cantar del héroe leonés Bernardo del Carpio, recogido por don Ramón Menéndez Pidal en su "Flor nueva de romances viejos."
"Metiste a mi padre en rehenes
y a mi madre en orden sacra,
y porque no herede yo,
quieres dar el trono a Francia;
morirán los españoles
antes de ver tal jornada
Mi padre pido que sueltes,
pues me diste la palabra,
si no, en campo, como quiera,
te será bien demandada"...
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El rey se atemoriza y envía al conde Teobalte para que saque del castillo de Luna al conde de Saldaña, Sancho Díaz.
Pero cuando Teobalte llegó a León ya hacía tres días que había muerto el conde. El rey ordena meter el cuerpo en un baño caliente para ablandarlo, y lo sentó en silla de marfil con ricas vestiduras en el palacio de Zamora.
Y cuando Bernardo fue a besar la mano de su padre la halló yerta, y prorrumpió en lamentos. Sacó a su madre del monasterio y la hizo casar públicamente, confirmando el matrimonio que antes había contraído en secreto, para que nadie pudiera llamarle hijo bastardo.
Luego armó a los leoneses y se fue a pelear contra Carlomagno en Roncesvalles.
Pues aún dicen, en la zona de Luna, que en las noches de tormenta se oyen lamentos desgarradores sobre las rocas del castillo de Luna, y que es el alma en pena del conde Sancho Díaz.
La leyenda de Don Ares
El joven hidalgo Don Ares de Omaña, noble del castillo de Vegarienza, acude a la invitación que le hace su tío, el Adelantado don Pedro Suárez de Quiñones, al castillo de Ordás, que hoy se conserva como una alta y bella torre cilíndrica. Las diferencias, pese a la rivalidad ya de antiguo entre tales familias, se acentúan al oponerse Don Ares a que Don Pedro construyera su castillo en la capital sobre la misma muralla.
Don Ares acude a Ordás y es hipócritamente bien recibido por su tío el Adelantado. Por la noche se le narcotiza y decapita, arrojando la cabeza por lo alto de las almenas.
El Cancionero Leonés
La canción en la vida leonesa
No es extraño que los cántabros y los astures entonaran canciones al contacto con la naturaleza bravía, los ríos cantarines y las notas armoniosas del enamorado urogallo.
Canciones guerreras, de amor, de muerte, himnos religiosos a los totems de sus poblados.
Se tienen noticias de que iban cantando al suplicio de las cruces, que los romanos hincaban a las orillas de las vías.
Cantaban los monjes medievales que dejaron sus notaciones musicales en los antifonarios y sus dibujos en la Biblia visigótica. Hasta en "Cuaderna vía" dejó poemas el astorgano Juan Lorenzo Segura.
Cantaron los cenobitas en sus cenobios rupestres y los monjes de la Tebaida Berciana. El prior de la Catedral, Juan del Enzina, compuso letras de canciones y villancicos como éste:
"No te tardes, que me muero, Carcelero,
¡no te tardes, que me muero!
Apresura tu venida,
porque no pierda la vida,
que la fe no está perdida. Carcelero,
¡no te tardes, que me muero!
Sácame desta cadena,
que recibo muy gran pena,
pues tu tardar me condena. Carcelero,
¡no te tardes, que me muero!
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Fray Luis de León cantó al insigne músico leonés Francisco de Salinas:
"El aire se serena
y viste de hermosura y luz no usada,
Salinas, cuando suena
la música extremada
por vuestra sabia mano gobernada.
¡Oh! Suene de contino,
Salinas, vuestro son en mis oídos,
por quien al bien divino
despiertan los sentidos,
quedando a lo demás adormecidos.”
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Los motivos leoneses que impulsaban a cantar se enriquecían con la vida. La canción pastoril, entre los esquilones de las merinas en los puertos de las montañas, o corriendo por los caminos de La Mesta.
La canción campesina tirando con el arado romano los surcos en la besana. La canción de los mozos en las noches de ronda; la de las mozas en los bailes y al son del pandero; Canciones en los aguinaldos; en el antruejo; al pinar el mayo en las misas de los misacantanos; canción para despedir al mozo de soltero, o al cobrarle el piso; canción de despedida de la moza al tomar matrimonio; canciones que presidían todos los actos de la vida leonesa.
Canciones de cuna entre el amor de los besos; la de la vuelta del arriero o la canción de la mina. Los "ijujús" en la ronda por las calles del pueblo y al redoble del tambor de la mocedad.
Canciones en la bienvenida del obispo cuándo visita pastoralmente a la aldea, o al gobernador para pedirle el arreglo del camino. Y la pandereta, y el pandero, y el tamboril, o los repiqueteos de las castañuelas, la dulzaina y el acompañamiento al cura entre los mozos del pueblo; todo ponía una nota de amor a la vida y a la convivencia en el ancestro de nuestras aldeas.
Y todas las regiones leonesas tienen sus propias canciones, donde mezclan la tierra y el trabajo, el amor y las raíces religiosas, la muerte y el villancico, el folklore y la vida.
Así quedó atestiguado en pintura la canción leonesa, que pobló el aire de las épocas históricas y cuyas muestras medievales hallamos en el Panteón de Reyes, de San Isidoro.